La peregrinación en la fe de María

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Para todos es conocido que Juan Pablo II fue un Papa profundamente mariano. Lo demuestra, primero, su escudo pontificio, así como el espacio que ocupó María en sus catequesis, en las expresiones de culto, en sus peregrinaciones a los diferentes santuarios marianos, diseminados por todo el mundo, en las diversas consagraciones del mundo que hizo a la Madre de Dios.

Siguiendo el Concilio Vaticano y la tradición de los grandes santos marianos de la Iglesia , en particular a San Luís María Grignion de Monfort, Juan Pablo II nos presenta a la madre de dios como una peregrina de la fe que debe caminar, madurar y perseverar a lo largo de su vida en si consagración de Dios. Bajo esta perspectiva he leído la encíclica Redemtoris mater , intentando cubrir la meditación del papa de los puntos mas sobresalientes de este itinerario de Maria.

En el numero 19 comenta que la expresión feliz la que he creído, se puede encontrar una clave de lectura para penetrar en el alma inmaculada de María. Con esta actitud de mujer peregrina, María acompaño a su hijo a lo largo de toda su vida, de esta forma vivió en primera persona los misterios de la vida del salvador.

En la plenitud de los tiempos

San Pablo nos dice que en la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de mujer (Ga 4, 4-6). A partir de aquí se abre un nuevo capítulo en la historia de la Salvación donde Dios hace nuevas todas las cosas. Esta plenitud tiene varios significados. Fundamentalmente señala el momento feliz en el que la ‘Palabra que estaba con Dios… se hizo carne, y puso su morada entre nosotros’ (Juan 1, 1. 14), gracias a la acción del Espíritu Santo en el seno virginal de María de Nazaret. Dios quiso tener como co-protagonista a una mujer para llevar adelante su designio de salvación, de tal forma que Cristo fuera realmente verdadero Dios y verdadero hombre, menos en el pecado.

A lo largo de la encíclica Juan Pablo II hace referencia de manera especial y detallada a la fe de María por la cual avanzó, manteniendo fielmente su unión con Cristo: ‘La peregrinación en la fe indica la historia interior, es decir, la historia de las almas. Pero ésta es también la historia de los hombres, sometidos en esta tierra a la transitoriedad y comprendidos en la dimensión de la historia’.

Ciertamente la peregrinación de la fe ya no pertenece ala Madre del Hijo del Hijo de Dios, glorificado junto al Hijo en los cielos, María ha superado ya el umbral entre la fe y la visión ‘cara a cara’ (1 Co 13, 12). Por ello es para todos nosotros, peregrinos en la fe, la Maestra y la Pastora que nos guía con mano firme por los intrincados senderos de Dios. Éste es el sentido profundo cuando la invocamos como Stella maris.

La llena de gracia

La llena de gracia hace pensar en una especial bendición que Dios regala a María para prepararla ante el gran acontecimiento de la Historia. Implica , por tanto, la elección divina de María como Madre del Hijo de Dios. Esta especial bendición de María se puede presumir así: ‘Madre de Dios Hijo, y por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximio, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas’.

María es introducida en la historia del a salvación por el misterio de Cristo a través de la anunciación del Ángel. En realidad el ángel Gabriel no hace sino constatar un hecho singular. En efecto, por especial privilegio divino María ha sido colmada de gracias divinas para ser tierra fecunda y morada digna del Salvador. Más adelante Isabel confirma esta particularidad de María cuando la llama ‘bendita eres entre las mujeres’ (Lc 1, 42).

En el orden de la gracia, María recibe por obra del Espíritu Santo la vida de Aquel al que ella misma dio vida como madre en el orden de la generación terrena. Por ello, se le llama ‘hija de tu hijo’ o como dice la liturgia ‘madre de su Progenitor’.

Feliz la que ha creído

Aquella que es feliz porque ha creído de alguna manera, activa en la fe en las personas con las cuales entra en contacto. Tenemos el caso de Isabel, que al recibirla en su casa la saluda como ‘la madre de mi Señor’. El Bautista también participa de alguna forma de esta fe que suscita María en aquel salto de gozo en el seno de Isabel. Esta misma característica se puede constatar en las Bodas de Caná. María aparece como la que cree en su Hijo y por su fe provoca la primera señal (la conversión de agua en vino), de esta forma contribuye a suscitar la fe de los otros discípulos. ‘Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos’ (Jn 2, 11)

El inicio de la peregrinación de María en la fe parte en la Anunciación. Allí se ha abandonado completamente en Dios, manifestando la obediencia de la fe mediante el homenaje de su entendimiento y voluntad. En la respuesta de María: ‘Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38), está todo su ‘yo’ humano, femenino, y su fe generosa al plan de Dios. Asimismo se encuentra una total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, que ‘perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones’.

Por la fe que pronuncia ese fiat que hace posible la Encarnación del Hijo de Dios. Por la fe se confió a Dios sin reservas y se ‘consagró igualmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo’. Así como Abraham es nuestro padre en la fe (Rm 4, 12), porque con su fe dio inicio la Antigua Alianza , de la misma manera la fe de María en la Anunciación da comienzo a la Nueva Alianza. Ella creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en la Madre del Hijo de Dios.

En este itinerario de la fe en María el anciano Simeón aparece dando un segundo anuncio. Por un lado le confirma que el niño que ha engendrado es, efectivamente, el Salvador, ‘luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel’ (Lc 2, 32), por otro, le anticipa que ese niña será signo de contradicción (Lc 2, 34). Palabras contrastantes y enigmáticas que María tuvo que guardar y darle vueltas en su corazón. Se habla de ‘luz’ cuando ella no ve claro lo que está acaeciendo en su misma vida. Si esa criatura que lleva en los brazos es el Mesías, el Salvador, Aquel que trae la liberación de su pueblo y, por tanto, cumple la esperanza de generaciones de judíos, ¿por qué tiene que ser signo de contradicción? Una vez más María se refugiaba en el reino de la fe y se abandonaba en Dios.

De manera especial durante la vida oculta, María tuvo que madurar y profundizar este camino de la fe. Realizando sus deberes de madre y esposa debe vivir en la cotidianidad ese misterio encarnado que es su Hijo. Parafraseando a San Pablo diría que la vida de María está ‘oculta con Cristo en Dios’ (Col 3, 3) por medio de la fe. Pues la fe es un contacto con el misterio de Dios. Ella también encarnó aquellas otras palabras de san Pablo ‘vivió en la fe del Hijo de Dios’ (Gál 2, 20) al cual amó entrañable y profundamente, y se consagró y entregó toda la vida. Ella forma parte de aquellos ‘pequeños’, de los que dirá Jesús: ‘Padre… has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños’ (Mt 11, 25). Juan Pablo II lo dirá con más claridad: ‘Es por tanto, bienaventurada porque ha creído y cree cada día en medio de todas las pruebas y contrariedades del período de la infancia de Jesús y luego durante los años de su vida oculta en Nazaret, donde vivía sujeta a ellos’.

No es pequeña la fatiga del corazón que debió hacer María junto con José ante los caminos imprevisibles de Dios. El papa lo compara a la noche oscura en la fe, como un velo a través del cual hay que acercarse al invisible y vivir en la intimidad con el misterio. La prueba más dura de la fe de María está junto a la cruz de su Hijo. Humanamente hablando se podría decir que todas las promesas de salvación están clavadas en el madero de la cruz y agonizan al ajusticiado.¡Qué grande es la fe de María ante los insondables designios de dios! Las palabras de San Juan son muy elocuentes en su brevedad ‘Junto a la cruz están su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena’ (Jn 19, 25). Ese estar junto a la cruz de pie significa una grande actitud de abandono sin reservas al querer del Padre, une fe fuerte y firme, consolidada bajo la acción del Espíritu Santo. Por medio de esta fe María esa plenamente unida a Cristo en su despojamiento. ‘Es ésta tal vez la profunda kénosis de la fe en la historia de la humanidad’. San Irineo dirá: ‘El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María, lo que ató la virgen Eva fue por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe’.

En el momento previo a la muerte de Cristo, María recibe una nueva anunciación. En esta ocasión es su mismo Hijo quien le pide una aceptación de fe para convertirse en Madre de los hombres. Esta maternidad de alguna manera ya se había dibujado a grandes rasgos en Caná, cuando de esta forma María inicia una maternidad espiritual en la economía salvífica de la gracia.

Conclusión

Siguiendo los pasos de aquella que fue llamada ‘feliz porque ha creído’, hemos descubierto los trazos principales de la fe de María. Tomando como pauta la encíclica, el breve estudio sobre la fe de María ha ido tanto en dirección diacrónica o evolutiva, como en su significado espiritual. Meditando y sufriendo, María fue creciendo en la comprensión de los misterios de Cristo, y la fe constituyó su fortaleza y su seguridad hasta el final de su vida.

Juan Pablo II, en la carta apostólica Novo milennio ineunte escribió que ‘a Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe’. Ésta fue precisamente la experiencia de vida de la madre de Jesús durante toda su vida terrena, y es el camino que todo fiel cristiano debe segrui para llegar a conocer los misterios de la vida de Cristo. En esta escuela de la fe de María todos tenemos que cursar con aquella actitud de los pequeños para que el Padre se digne a revelarnos los arcanos misterios del Salvador.

Termino con una oración que San Luis María Grignion de Montfort dirige a María diciendo: ‘No te pido oraciones ni revelaciones, ni gustos o delicias, aunque fuera espirituales… Aquí en la tierra no quiero para mí otro don, fuera del que tú recibiste, es decir, creer con fe pura, sin gustar ni ver nada’.

Por P. Rafael Jácome, L.C, tomado de la revista ‘Sacerdos’

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